Aunque sea esta
la primera ocasión en la que me atrevo a manifestar pensamientos ligeros para
transeúntes tan desconocidos como lo son ustedes lectores de estas notas, debo
confesar que no es la primera vez que siento el deseo de hacerlo. La necesidad
de expresión es tan propia a nuestra especie como su estupidez; en ese sentido,
reconozco la mía. Solo nosotros, animales auto-divinizados y más humanos que
racionales, tenemos la capacidad de comunicar por comunicar. Lo hemos visto a
diario en el transporte público y en las calles. Colecciones de individuos
sonrientes escuchando versiones impresas de relatos etéreos que se emiten en
forma de palabras por doquier. Pero mi intención redactora no pretende tener
una forma de tautología. Comunicar por comunicar y escuchar por escuchar es
como caminar sonámbulo, en un estado en el que nada entra y nada sale. Si tu te
pareces a ese alguien que acepta lo que ve porque espera ser despertado,
entonces te pareces mucho a mi, y esperas que la verdad te sea revelada; infortunadamente
no la conozco. La verdad es que no se cuál es la verdad, y si la supiera
tampoco me interesaría revelarla. Lo que si tengo bajo mi control, son piezas
de un rompe cabezas que he armado de forma tan desordenada que apenas puedo
recordarlo. La razón de mi olvido se debe a la limitación que tengo para
recordar las preguntas que alguna vez formulé en mi infancia, y me atrevo a
repetir ahora. La intención de este escritor es pues la de recordar a sus
lectores eso que alguna vez supieron de niños, pero que ahora han olvidado, a
saber, el hábito de la indiscreción. Porque la niñez es atrevida, pero
uno de esos atrevimientos podría ser más valioso que todos los tesoros piratas
juntos: el tesoro de la pregunta. Y como una de las primeras preguntas que le llega
a todo filósofo tiene la forma de admiración, ¡sapere aude!, no es de
extrañar que una de las primeras paradojas tenga forma de pregunta. Empezamos
pues las lecciones filosóficas con uno de los temas que provocan más bostezos
entre los chicos de mi edad, y en general de toda edad que pudiese conocerse:
la paradoja.
El nombre de este blog proviene de una antigua paradoja formulada
por un personaje que por cuestiones que ignoro se permitió el deleite de
incluir su firma en la larga lista del anonimato, su nombre, para efectos de
que se mantenga este estado de anonimato, no será revelado; lo que si será
revelado, es el pedazo de rompe cabezas que formuló, el cual es razón imperativa
de la existencia de estas anotaciones. Me había desportillado la cabeza tratando
de pensar por qué diablos esta pregunta era una paradoja y en realidad la
respuesta es muy sencilla: porque no tiene respuesta. Pero si pensamos, en
general, ¿qué es una paradoja? Yo había tenido, desde hace mucho, la concepción
de que la paradoja era como un Déjà vu en Matrix: una falla del sistema. En su
caso una falla de la matrix, en este caso,una falla del lenguaje. ¿Pero en
que sentido se podía afirmar como una falla del lenguaje?